Gabilo compartió su historia de resiliencia en el programa de Guido Kaczka y cautivó al país
El violinista oriundo de Santiago Temple llenó de talento la noche del lunes y llegó con su arte al corazón de los argentinos que hicieron un aporte que no pudo creer.

Buenas Noches Familia es el nuevo programa de El Trece que conduce Guido Kaczka, al que este lunes llegó Gabriel Figueroa “Gabilo”, para compartir su historia.
El programa brinda un espacio a grandes artistas, conmovedoras historias y profundas emociones. Y en este caso todo estuvo reunido en una sola persona: el joven oriundo de Santiago Temple quien está en silla de ruedas desde hace 10 años como consecuencia de un accidente de tránsito que sufrió cuando tan solo tenía 19 años.
Reviví su presentación y mirá la cifra que logró recaudar
La historia de Gabriel
Radicado desde hace cinco años en la ciudad de Córdoba, logró mayor reconocimiento al elegir las calles de la ciudad capital como escenario para sus shows a la gorra.
Gabriel tiene dos hermanos más y mientras vivió en el pueblo del departamento Río Segundo trabajó en una pollería durante los días de semana, y los fines de semana tocaba con el grupo que habían conformado y al que decidieron denominar: “Los Hermanos Figueroa”.
La banda se formó cuando él terminó el secundario hasta que en 2015, cuando tenía 19 años un accidente cambiaría la historia de su vida: “Fue un 1 de agosto”, precisa.
A raíz de ese hecho, Gabriel debió permanecer internado durante un año y medio: “Tres meses en el Allende y el resto en un Centro de Rehabilitación. Fue un montón”, comparte.
Una vez dado de alta, regresó a su pueblo donde permaneció durante unos seis meses “pero ya tenía en mente irme a Córdoba a hacer alguna carrera”, sostiene. Así fue como tomó la decisión de ir tras de su sueño, junto con su hermano con quien compartieron tres años de convivencia en la capital, y mientras uno estudiaba el otro trabajaba.
Comenzó cursando Ingeniería Biomédica pero en su interior sabía que no era eso lo que quería ser, sino músico. Así fue como abandonó la carrera e inició un profesorado en la Facultad de Artes.
Y si bien su capacitación era uno de los motivos que lo impulsaron a dejar el pueblo para radicarse en la ciudad, la otra razón era que los mejores centros de rehabilitación “más especializados” se encontraban en la capital.
La música estuvo presente en su vida desde niño. Sus recuerdos se remontan a sus primeros años de vida tocando algún instrumento y cantando. Fue a los 11 añitos que subió por primera vez a un escenario, participando en veladas y actos escolares. “En ese tiempo era mariachi asi que tenía el sombrero que era más grande que yo”, relata entre risas.
Al llegar su adolescencia, dejó la música. Cursó el secundario en Arroyito y eso le demandaba mucho tiempo porque el colegio era doble turno y viajaba desde Santiago Temple todos los días, saliendo a las 6 de la mañana y regresaba a las 7 de la tarde: “Ahí prácticamente desapareció la música, ya no volví a cantar”.
El esfuerzo que le requería ir a ese colegio, hizo que se cansara y decidiera cambiar de institución, terminando sus estudios de nivel medio en su pueblo. Ello le permitió volver a la música, y esta vez lo hizo con un violín, integrando nuevamente el grupo familiar “Los Hermanos Figueroa”. Tenía 17 años.
El accidente y el “poder sanador” de la música
Fue en 2015 cuando Gabriel tenía 19 años. Sobre el hecho no tiene recuerdos, sólo repite que “el casco” lo “salvó”, y aunque eran pocas sus posibilidades de sobrevivir, lo logró. Las mayores lesiones fueron en su columna que se fracturó a nivel cervical y dorsal, impidiéndole caminar, entre otras complicaciones.
“Estuve en estado crítico, 10 o 15 días en coma, un mes y medio en terapia intensiva. Cuando salí un poco de ese estado, empecé a intentar tocar el violín que era mi mayor temor porque entre las lesiones había tenido una a nivel cervical que me afectaba las manos”, detalla el joven artista.
“A esa altura yo estaba enamorado del violín”, enfatiza.
En ese momento, Gabriel sólo podía mover sus ojos y apenas sus brazos y manos, sin nada de fuerzas por lo que debían ayudarle a levantar el instrumento.
“Estuve mucho tiempo acostado, y poder tocar el violín me generaba una satisfacción muy grande y fue lo que me ayudó a salir adelante, asi que todos los días tocaba. Era un violín eléctrico para no hacer tanto ruido”, indica.
Así se ganó el reconocimiento de los pacientes de las otras habitaciones, que lo identificaban como “el chico del violín”. En cierta oportunidad, una enfermera llevó su guitarra y lo acompañó. “Dentro de lo mala que era la situación, había cosas muy lindas, por eso digo que una de las cosas que me sacó adelante, fue la música”, remarca.
Con el tiempo fue evolucionando, recuperando la fuerza y pudiendo tocar mejor, hasta que pudo tocar sentado -con asistencia- lo que celebró como “uno de mis más grandes logros”. Lo más destacable es que Gabriel a través de la música no sólo se iba sanando a sí mismo, sino que también lo hacía con los otros pacientes del centro de rehabilitación.
“Por las tardes yo les tocaba canciones y todos se alegraban, a todos les hacía bien, y eso demuestra que la música sana. Lo hizo en mí y lo hacía en todos los pacientes, y lo hace en un montón de otras situaciones como así también sucede cuando toco en la calle con un montón de gente”, asevera sin dudas Gabriel.