De recibir un diagnóstico devastador a hacer sonar la campana: la historia de Laura y su triunfo frente al cáncer
Laura Díaz atravesó un cáncer de mama sin obra social y en medio de una fuerte incertidumbre laboral. Su paso por el Hospital Oncológico Provincial y el Hospital San Roque, en Córdoba, no solo estuvo marcado por el tratamiento médico, sino también por una red de contención que ella define como una verdadera familia.

La noticia llegó cuando Laura Díaz menos necesitaba otro golpe. Paramédica y acompañante terapéutica de Córdoba capital, recibió el diagnóstico de cáncer de mama en el Hospital Nueva Maternidad Provincial. El impacto fue tan profundo que, en aquel primer momento, quedó prácticamente sin palabras y fue su hermana quien tuvo que hablar por ella.
A la angustia de la enfermedad se sumó otra preocupación concreta: Laura se había quedado sin trabajo y, con ello, también sin obra social.
El diagnóstico abría un camino de estudios, tratamientos y decisiones médicas que, en medio de esa situación económica, aparecía como una montaña difícil de escalar. Los costos de algunos estudios y la incertidumbre sobre cómo continuar alimentaban un panorama que ella misma recuerda como “muy desalentador”.
Pero una derivación al Hospital Oncológico Provincial cambiaría el rumbo de la historia.
Un abrazo que cambió la mirada
El primer encuentro con la doctora Mariana Martínez quedó grabado en la memoria de Laura. Llegó con una carpeta llena de estudios y con todos los temores propios de quien acaba de ingresar al mundo de la oncología.
La respuesta que recibió estuvo lejos de ser fría o distante.
“Cuando ella me recibió, me dio un beso, un abrazo, como si me conociera hace mucho, y ahí me tranquilizó”, recuerda Laura al hablar de aquel primer encuentro.
La médica revisó su historia clínica y le explicó que su enfermedad tenía un recorrido, pero también un final posible. El tratamiento sería intenso e invasivo, pero Laura supo desde ese momento que no tendría que afrontar el proceso sola ni asumir los costos de la atención.
Para ella, esa certeza fue tan importante como el tratamiento médico.
El Hospital Oncológico Provincial le ofreció además un abordaje que, según su experiencia, excedió la consulta estrictamente médica. Psicólogos, nutricionistas y distintos profesionales formaron parte del acompañamiento durante las diferentes etapas.
La doctora Martínez incluso la acompañó personalmente en su primera sesión de quimioterapia y se ocupó de presentarla dentro de la institución.
Para Laura, esos gestos hicieron una diferencia.

El Hospital de Día: entre el dolor y los vínculos
La quimioterapia llegó con su propia lista de desafíos.
Dolores articulares, cansancio y la caída del cabello desde la tercera sesión fueron algunas de las dificultades que tuvo que atravesar. Las gorras y las pelucas se convirtieron en parte de su rutina, mientras su hermana la acompañaba incluso durante el uso de los cascos fríos, que debía cambiarle periódicamente.
Sin embargo, hubo algo que terminó transformando aquel lugar asociado inicialmente al miedo.
El Hospital de Día.
Entre sillones, vías intravenosas y horas de tratamiento, Laura encontró una comunidad inesperada. Pacientes que atravesaban situaciones similares comenzaron a acompañarse, intercambiar mensajes y hasta preguntarse en qué sillón les tocaría recibir la medicación.
En medio de una enfermedad que muchas veces puede generar aislamiento, aparecieron vínculos.
Laura recuerda especialmente la actitud del personal. Incluso un cartel ubicado junto a la campana que marca el final del tratamiento advertía sobre la necesidad de comprender las posibles reacciones de quienes estaban atravesando la terapia.
La consigna era sencilla: detrás de cada paciente había una historia, un miedo y una batalla personal.
“Es muy cálida la atención, más allá de que es feo estar ahí, pero en realidad es como que el tiempo que vos estás te lo hacen pasar de la mejor manera”, cuenta.
Y esa diferencia, para ella, terminó siendo determinante.
Estudiar mientras enfrentaba la enfermedad
La historia de Laura también rompe con una de las imágenes más instaladas alrededor del cáncer: la idea de que, una vez recibido el diagnóstico, todo queda suspendido.
Mientras atravesaba las etapas más difíciles del tratamiento, continuó estudiando.
Rindió exámenes y consiguió algo que adquiere todavía mayor significado al mirar el contexto en el que lo logró: obtuvo su matrícula profesional como acompañante terapéutica.
El cáncer ocupaba una parte enorme de su vida, pero no consiguió detener todos sus proyectos.
La enfermedad estaba presente, pero el futuro también.
Del prejuicio a la gratitud
Su experiencia en el sistema sanitario provincial también modificó una mirada personal.
Laura llegó a las instituciones públicas atravesada por los prejuicios y las críticas que habitualmente rodean a la salud estatal. Sin embargo, su paso por el Hospital Oncológico Provincial y posteriormente por el Hospital San Roque, donde fue intervenida quirúrgicamente, terminó construyendo una experiencia completamente diferente.
Destaca especialmente el profesionalismo de médicos y residentes, pero también aquellos gestos cotidianos que muchas veces quedan fuera de las estadísticas.
Mensajes antes y después de una cirugía.
Una palabra de aliento.
Un caramelo entregado por alguien del personal.
La atención de una enfermera.
La disposición del personal de recepción.
O la tranquilidad de saber que, si su oncóloga no estaba disponible, otro integrante del equipo podía atenderla manteniendo el mismo nivel de dedicación.
Para Laura, la calidad de una institución sanitaria no se mide solamente por sus equipamientos o tratamientos. También se encuentra en la manera en que sus trabajadores reciben a una persona cuando llega con miedo.
Una campana que ahora significa otra cosa
Hay un sonido que quedó asociado para siempre a la historia de Laura: el de la campana del Hospital Oncológico.
Al principio la veía desde lejos, mientras transitaba un lugar que representaba incertidumbre y temor. Con el paso del tiempo, ese mismo sonido terminó adquiriendo otro significado.
Era el anuncio de que una etapa llegaba a su fin.
Su experiencia la llevó a formular una conclusión contundente sobre la salud pública: “Vale la pena apostar a los hospitales públicos, más allá de los privados, porque es un espacio que no lo tenés en otro lugar”.
Y enseguida completa la frase con una definición todavía más personal: “Yo lo resumo como que tengo una familia acá”.
La historia de Laura no elimina las dificultades ni los desafíos que atraviesa cualquier sistema de salud. Pero pone rostro, nombre y emociones a una realidad que muchas veces se analiza solamente desde números, presupuestos o estadísticas.
Para ella, el diagnóstico marcó el comienzo de una batalla. El tratamiento fue duro y el camino estuvo lejos de ser sencillo. Pero hoy, aquella campana que alguna vez simbolizó miedo representa algo distinto: el cierre de una etapa y la posibilidad de volver a mirar hacia adelante.