El corazón de Río Primero cumple 35 años: la emotiva historia de Andrea Palacio y el kiosco que es refugio, historia y punto de encuentro
Tres décadas y media al frente del comercio familiar que fundaron sus padres convirtieron al kiosco de “la” Andrea en un auténtico mojón afectivo de la comunidad. Este fin de semana, con una mateada popular, celebrará un legado de trabajo, empatía y puertas siempre abiertas.

35 años atrás, cuando los casetes de música comenzaban a ser desplazados por los discos compactos y el pulso diario de Río Primero transitaba otro ritmo, Andrea Palacio tomaba una de las decisiones más importantes de su vida: ponerse al frente del kiosco familiar.
Ubicado en el corazón estratégico de la ciudad, el comercio no tardó en trascender la mera transacción comercial para transformarse en un punto neurálgico de la vida social local. Este fin de semana, con la humildad que la caracteriza pero con el orgullo de sostener una historia de más de seis décadas —sumando los años de labor pionera de sus padres—, Andrea celebrará un nuevo aniversario con una mateada abierta a toda la comunidad.
Un legado forjado con esfuerzo y tradición familiar
La historia de este emblemático comercio se remonta a los tiempos en que sus padres levantaban las persianas con el objetivo de sustentar a una familia numerosa de siete hermanos. Mientras su padre combinaba la atención del negocio con reparaciones de heladeras y su madre sostenía el mostrador, el local se transformó en distintas oportunidades acompañando el crecimiento urbano, desde la vieja calle donde paraban los colectivos hasta la ampliación de la ruta, pero siempre manteniendo su ubicación actual. Aquellas épocas exigían sacrificios silenciosos, donde la solidaridad vecinal y el trabajo incansable eran las únicas herramientas para salir adelante.
Para Andrea, heredar el mostrador no fue una imposición, sino la continuidad natural de una vocación arraigada en el servicio. Tras intentar otros rumbos en la docencia y la fuerza policial, encontró en la atención al cliente su verdadera pasión. Por su local pasaron generaciones enteras: niños que compraban golosinas de antaño —como los recordados caramelos Holanda, las pastillas de menta o los chicles Bazzoca— y que hoy regresan convertidos en padres, e incluso abuelos, trayendo a sus propios hijos o nietos.

Más que un comercio, un refugio comunitario
En más de tres décadas de trayectoria, el kiosco de Andrea ha sido testigo privilegiado de la transformación de Río Primero en ciudad. Pero, fundamentalmente, se convirtió en un espacio de contención y convivencia. Por allí desfilan vecinos de todas las edades y extractos sociales: desde quienes buscan una solución de última hora para conseguir una pila de glucómetro hasta los grupos de amigos que se acercan a compartir una charla o un momento de distensión.
Las anécdotas se multiplican entre las góndolas: madres que devuelven bombones junto a sus hijos para enseñarles el valor de la honestidad tras haberlos llevado sin pagar, clientes que encuentran en Andrea una confidente y chicos que saben que, ante cualquier pequeño contratiempo en la plaza o en la calle, el refugio seguro está detrás de ese mostrador. Incluso en los momentos más difíciles, como aquel duro bache depresivo que la obligó a cerrar temporalmente sus puertas hace años, el apoyo incondicional de su familia —en especial de su hermano Gustavo— y el afecto de la comunidad permitieron que el negocio renaciera con más fuerza.
Una celebración para abrazar al vecindario
Lejos de los grandes festejos pomposos, Andrea decidió que la mejor manera de conmemorar estos 35 años al frente del local es devolviéndole a la comunidad un poco del cariño recibido. Este domingo, a partir de las 16 h, la vereda y el espacio verde que rodea el kiosco se colmarán de mesas, termos y mates para compartir un encuentro cálido, pensado para que clientes, amigos y familias festejen juntos.
Con un pie en Río Primero y otro en Piquillín —donde actualmente convive con su pareja tras un susto de salud que reordenó sus prioridades—, Andrea asegura que no piensa en el retiro. Afirma convencida que cuando se trabaja en lo que a uno le apasiona, el cansancio diario se transforma en felicidad. En tiempos donde todo parece efímero, el kiosco de Andrea Palacio se erige como un faro de arraigo, demostrando que detrás de cada golosina, de cada charla y de cada puerta abierta late la identidad misma de todo un pueblo.