De Esquina a España: la historia de Maricel Sangoy, la goleadora del interior que conquistó Europa
Nacida en la localidad del departamento Río Primero, con más de 100 goles y 23 títulos, la delantera que brilló en Deportivo Colón de Colonia Caroya hoy compite en la categoría Preferente del fútbol español. Una historia de perseverancia, identidad y sueños que no entienden de edad ni de fronteras.

Hay historias que nacen en el polvo de una calle, en una pelota gastada y en un grupo de chicos jugando hasta que cae el sol. La de Maricel Sangoy empieza ahí, en Esquina, un pequeño pueblo del departamento Río Primero, donde el fútbol fue, desde siempre, una extensión de su vida. “Mis primeros pasos fueron detrás de mis hermanos, desde que tengo memoria”, recuerda. En aquellos años, los partidos intercolegiales y los viajes a Monte Rosario o El Crispín eran mucho más que competencias: eran aventuras, aprendizaje y pasión.
Pero jugar al fútbol siendo mujer en el interior, hace algunos años, no era sencillo. Requería sacrificio, organización y una cuota extra de coraje. “Había que juntar plata para la cancha, para viajar, y muchas veces los lugares eran rebuscados. No estaba bien visto que una mujer jugara al fútbol, y menos en los pueblos”, cuenta Maricel. De esa etapa, sin embargo, nació una de las virtudes que hoy la define: la perseverancia.
Antes de 2014, cuando se creó la Liga Regional Colón, el fútbol femenino parecía no tener lugar en los clubes locales. En ese contexto surgió un grupo que marcaría una época: Las Avarientas. En el antiguo polideportivo de Jesús María, ese equipo de mujeres luchadoras logró ganar campeonatos y, sobre todo, abrir camino. “Fue trabajo en equipo puro”, resume.

Maricel aprendió a jugar en la calle, entre amigos, y a competir apoyándose en sus compañeras. El fútbol, con el tiempo, dejó de ser solo un juego: se volvió identidad, vínculo y familia. “Gran parte de mi vida está atravesada por el fútbol y por las personas que conocí en el camino”, afirma.
El paso por Deportivo Colón de Colonia Caroya fue determinante. Allí creció como jugadora y como persona. Paciencia, perseverancia, trabajo en equipo y no bajar los brazos fueron aprendizajes constantes, acompañados por técnicos que dejaron huella, como Cristian Kruzich y Raúl Baronetti. De esa etapa guarda finales, títulos y partidos inolvidables, pero también una anécdota que marcó un antes y un después.
“No largaba la pelota”, admite entre risas. Hasta que un día, tras varias advertencias, fue reemplazada en pleno partido por no pasarla. “Pensé que no lo iba a hacer… y me sacó. Ahí entendí que sin el equipo no iba a llegar a ningún lado”. La lección quedó grabada a fuego.
La decisión de emigrar no fue planificada como un objetivo deportivo, sino como un cambio de vida. Junto a su pareja, Maricel se animó a probar suerte en España. Tenía 29 años y una certeza: no iba a dejar la pelota. Mandó correos, fue a pruebas, perdió el miedo y ganó experiencia. El Gimnàstic de Tarragona fue la primera puerta que se abrió. Luego llegó el Terres de Lleida, club con el que ascendió en febrero y hoy compite en la categoría Preferente, dos divisiones más arriba.
“El miedo a lo desconocido fue lo más difícil”, confiesa. Aun así, encontró apoyo en el staff y en sus compañeras, y asumió el desafío con la mente abierta. Vestir la camiseta del Terres de Lleida es, para ella, “un honor y un privilegio”, más aún cuando, a los 31 años, siente que todavía tiene mucho para aportar.
El día a día no es sencillo. Incluso en Preferente, las jugadoras no viven del fútbol. Por eso, el compromiso es doble: dentro y fuera de la cancha. “Elijo darle prioridad, responsabilidad y compromiso al equipo”, señala.
Al comparar el fútbol argentino con el español, Maricel no duda: “El argentino lo vive con el corazón, es un estilo de vida. Acá hay más picardía, más roce, más intensidad. Allá se juega más con la cabeza”. Ambas miradas, cree, se complementan y la hacen crecer.
Su historia también es un mensaje. Aprendió que con 30 años se puede empezar de cero, que ninguna edad es un límite para cumplir sueños. Volver al pueblo, reencontrarse con su familia, tomar mates dulces con sus padres y compartir asados con amigas fue reafirmar sus raíces. “Esta siempre va a ser mi casa”, dice.
Hoy, su evaluación personal es positiva y de constante aprendizaje. A largo plazo, imagina seguir ligada al fútbol, quizá desde la psicología deportiva. Y aunque su presente esté en España, no descarta volver a trabajar en su tierra. El sueño pendiente, como el de cualquier futbolista, sigue intacto: vestir la camiseta de la selección.
Para los chicos y chicas del interior, su mensaje es claro y honesto: no bajar los brazos, estudiar, animarse aunque haya miedo y trabajar sin dejar de soñar. Como resume en una frase que la acompaña desde siempre y que define su camino: “El éxito es la suma de pequeños esfuerzos que se repiten día tras día”.
La historia de Maricel Sangoy no es solo la de una goleadora que cruzó el océano; es la prueba viva de que desde un pueblo del interior también se puede llegar lejos, sin olvidar nunca de dónde se salió ni por qué se empezó a jugar.