El sueño que no se apagó nunca: un bombero voluntario de Luque se recibió de médico
Marcelo Peralta acaba de recibirse de médico en la Universidad Nacional de Córdoba. Su historia es una de esas buenas noticias que reconcilian, inspiran y recuerdan que, aun en tiempos difíciles, el compromiso con el otro sigue siendo una bandera posible.

En épocas donde las noticias duras parecen ocuparlo todo, detenerse a contar historias como la de Marcelo Peralta no es solo un gesto periodístico: es casi una obligación ética. Porque hay trayectorias que iluminan, que devuelven esperanza y que confirman que el esfuerzo silencioso también merece su lugar en la agenda pública.

Marcelo es de Luque. Tiene 28 años. Es bombero voluntario desde joven y, desde hace apenas unos días, médico recibido de la Universidad Nacional de Córdoba. Pero reducir su camino a un título sería injusto. Lo suyo es una historia atravesada por la constancia, el trabajo, las pérdidas, el acompañamiento y, sobre todo, una vocación profunda de servicio.

“Desde chico jugaba a tres cosas: a ser locutor, a ser bombero y a ser médico”, cuenta con una sonrisa que mezcla orgullo y humildad. El juego, en su caso, fue premonitorio. Con el tiempo, esas fantasías infantiles se transformaron en decisiones concretas. Y ninguna fue sencilla.

Ingresó a Medicina en 2018. No venía de una familia con tradición universitaria ni de un contexto holgado. Al contrario: es el primer médico de varias generaciones, criado en una familia humilde, con mucho amor y pocos recursos materiales.

Su papá falleció cuando él era muy pequeño, y su abuela fue uno de los grandes pilares de su vida. Durante la carrera, Marcelo trabajó, fue ayudante alumno, participó en investigación científica en el CONICET, rindió finales, atravesó la pandemia, vivió duelos profundos y, cada fin de semana, regresó a su pueblo para cumplir con su rol de bombero voluntario.

“Fue un verdadero tetris”, resume. Y no exagera. Cursaba de lunes a viernes en Córdoba, trabajaba en medios de comunicación, viajaba los fines de semana para cumplir guardias, entrenamientos y reuniones en el cuartel, mientras estudiaba para una de las carreras más exigentes del sistema universitario.

Hubo frustraciones. Un ingreso fallido. Materias que frenaron años completos. Momentos en los que pensó en volver definitivamente a Luque. Pero nunca abandonó la idea de ser médico. “Siempre lo pensé como un servicio. Más por el otro que por mí”, afirma. Y esa frase explica mucho.

En la facultad no solo se formó como profesional, sino también como persona. Entendió que no todos los pacientes tienen reloj, que no todos saben leer una receta, que la medicina no es solo prescribir, sino escuchar, acompañar y adaptar el conocimiento a la realidad del otro. Experiencias que —dice— le “volaron la cabeza” y terminaron de definir el médico que quiere ser.

Hoy, con la última materia aprobada, se prepara para iniciar la Práctica Final Obligatoria en 2026. Luego vendrá la matrícula, el ejercicio profesional y, quizás, una residencia. Le atrae la clínica, la neurología, la pediatría. Lo que tiene claro es otra cosa: su lugar está en el interior, cerca de su gente. “La universidad pública me formó y eso también tiene que volver a la comunidad”, asegura.

Mientras tanto, descansa. Abraza a sus sobrinas sin mirar el reloj. Comparte tiempo con su mamá, sus hermanos, sus amigos. Y sigue siendo bombero, porque —como él mismo dice— hay vocaciones que no se abandonan.

La historia de Marcelo Peralta no es solo la de un médico que se recibió. Es la de un joven que eligió no rendirse, que confió en el trabajo colectivo, que aprendió a pedir ayuda y a ayudar. Es, en definitiva, una buena noticia. De esas que hacen falta. De las que recuerdan que, incluso en medio de tanto ruido, hay personas que siguen apostando a cuidar, servir y construir desde el lugar más noble: el compromiso con los demás.
