29/04/2026

Cuando el miedo entra al pueblo: Miramar de Ansenuza y una noche que dejó preguntas

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En una comunidad donde todos se conocen, un episodio de violencia policial sacudió la tranquilidad habitual y abrió un debate profundo sobre el rol de las fuerzas de seguridad, el respeto a los jóvenes y el valor de no mirar hacia otro lado.

Miramar de Ansenuza siempre se pensó a sí misma como un refugio de calma. Un pueblo de poco más de tres mil habitantes donde la vida transcurre sin sobresaltos, donde los nombres tienen historia y los rostros son familiares. Por eso, lo ocurrido la semana pasada no fue un hecho más: fue una grieta en esa paz cotidiana que muchos creían inalterable.

El relato comenzó a circular en redes sociales a partir del posteo de una vecina. No fue un mensaje impulsivo ni exagerado, sino el testimonio dolido de alguien que sintió que algo esencial se había quebrado. Esa noche, el sonido que irrumpió en las calles no fue el de una charla de verano ni el de una moto que pasa: fue el estruendo de balas de goma y el grito de un joven paralizado por el miedo.

Según el testimonio, un chico del pueblo circulaba en su moto cuando fue perseguido por efectivos de Infantería que no pertenecen a la comunidad. No hubo resistencia, no hubo delito a la vista. Hubo miedo. Ese miedo que puede sentir cualquier joven al verse intimidado por figuras de autoridad. Y la respuesta, lejos de ser contención o identificación, fue la violencia: golpes que no encuentran justificación y disparos que nadie logra explicar.

La vecina plantea preguntas que hoy resuenan en muchas casas de Miramar: ¿con qué criterio se decide quién es sospechoso en un pueblo donde todos se conocen?, ¿qué legitima una persecución cuando no hay amenaza?, ¿por qué se recurre a la fuerza cuando no hay peligro real? También denuncia irregularidades posteriores, como la dificultad para acceder a una revisión médica solicitada desde la propia comunidad y no por una autoridad policial, un detalle que suma inquietud al episodio.

El caso duele porque no se trata de un desconocido. Es un chico que podría ser el hijo, el nieto, el hermano o el amigo de cualquiera. En los pueblos chicos, la distancia entre “ellos” y “nosotros” casi no existe. Lo que le pasa a uno, inevitablemente, nos atraviesa a todos.

Cuando las fuerzas de seguridad olvidan que su función es proteger y no someter, el daño no es solo físico: es social. Se resiente la confianza, se debilita el tejido comunitario y aparece un miedo nuevo, más profundo, el de no sentirse seguro ni siquiera frente a quienes deberían garantizar esa seguridad.

Miramar de Ansenuza enfrenta hoy un desafío que va más allá de un hecho puntual. Se trata de decidir si el silencio y la indiferencia serán la respuesta o si, por el contrario, la comunidad elegirá el camino de la palabra, del pedido de explicaciones y del reclamo respetuoso pero firme.

La justicia no se construye a golpes. La autoridad no nace del miedo. Y la paz verdadera no es la ausencia de ruido, sino la certeza de que los derechos de todos —especialmente de los jóvenes— serán respetados.

Lo ocurrido interpela a todo el pueblo. Porque hoy fue un chico en una moto. Mañana, si se naturaliza la violencia, puede ser cualquiera. Que este dolor compartido no termine en silencio, sino en una reflexión colectiva que fortalezca aquello que siempre definió a Miramar: el cuidado mutuo y la convivencia basada en el respeto.

El autor:

El Diario del Pueblo

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